Laicidad positiva de Iglesia-Estado
Ya pasados los
acontecimientos pontificios del Papa Benedicto XVI -no olvidar su origen alemán
y el "mito" inquisidor- en la laica Francia, manifestados en París y
Lourdes, es bueno sacar, serenamente, algunas consecuencias. Tanto en el
panorama universal de la
Iglesia, como para los españoles.
Ha concurrido una circunstancia singular: que el presidente de la República sea actualmente Sarkozy, cuya trayectoria humana, personal y política la hemos significado reiteradamente, y por lo que más nos importa aquí: su visión acerca de la vigencia del hecho religioso en la cultura, en la ciencia y aún en la política.
Se ha dado una gran armonía, en París, con una eucaristía con cerca de 300.000 fieles, en una nación que siempre fue mimada por la Iglesia, y que está afectada por una secularización llevada a un descenso de vida religiosa. Ha sido un impacto populista, plenamente eucarístico, apostólico y vivificador. Y sintonía académica en los Inválidos, con un millar de intelectuales, científicos y políticos. Con una exposición clarificadora acerca de algo que ya se afirmó en el Concilio Vaticano II: la autonomía de la Iglesia, respeto de los Estados y la doctrina de relación, de comunicación entre la Iglesia y el Estado. No se trata de imponer un pensamiento cristiano sino de convencer, en un régimen de la aceptación de una "laicidad positiva", calificada por algún comentarista como una de esas "sorpresas tranquilas" (como aquellas palabras, "ser antisemita es ser anticristiano").
Otro tanto ocurrió en Lourdes. Por el lado del Papa, rezando en la gruta de las apariciones, en una actitud de rodillas que nos recordaba la de Juan Pablo II. Con una eucaristía desbordada por los peregrinos. "Si no fuera por los inválidos y enfermos, Lourdes se parecería a un Disneylandia católica" (anualmente, unos seis millones de peregrinos). Y, además, la alocución o lección apostólica a los obispos allí congregados y a los peregrinos: reiteración en palabras, con menos ropaje teológico-científico, de lo que había afirmado en la capital de Francia: autonomía de la Iglesia, libertad religiosa por parte de los Estados, para una colaboración en las misiones que cada uno tiene asignadas.
Y, en la homilía, un bellísimo canto a la Virgen, Nuestra Señora de Lourdes, que es espejo universal de la devoción a María. Reflejo de la ternura de Dios a través de los enfermos. Y encierra todo el misterio y camino de la Iglesia en la esperanza para cuantos sufren. Frente a una cultura de la muerte. Y, además, fortalece el "no tener miedo de los jóvenes en su fe" (para un lector cristiano de "El País", de 15-9-2008, es de suponer su sorpresa grande al ver el titular a tres columnas, referido a Lourdes: "El Papa viaja al supermercado de la fe").
Una consideración histórica: el tema de las relaciones Iglesia-Estado, en el catolicismo, no ha sido nunca fundamentalista, como ha ocurrido con los países islamistas. Aunque su raíz fuese judaica, su continuidad en los Evangelios se hace muy universal, a partir de la conversión de San Pablo, y lo romano, la gente y la cultura occidental se muestran en sus orígenes, y la universalidad de tales creencias. A partir de un Dios hecho hombre, crucificado y resucitado. En un rasgo de Amor. Han sido, pues, circunstancias culturales o sociales las que el pensamiento de Cristo de "dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" hayan cristalizado teológica o legalmente.
Por ejemplo, hay un momento en que las Cortes de Cádiz de 19 de marzo de 1812 -todavía no concluida la Guerra de Independencia, que se acaba en 1814-, ausente el rey de España, Fernando VII, aprueban nuestra primera Constitución, que surgió de sus Cortes, nacidas, como la propia Guerra, fundamentalmente del pueblo llano, no tanto de los estamentos regios o nobles, y con el apoyo de las Iglesias particulares, como parroquias, conventos, congregaciones -la de los PP. Escolapios, con sus discípulos, como Palafox-, hospitales... El art. 12, capítulo II del título II, "De los territorios de las Españas, su religión y gobierno", se establece "la religión de la Nación Española es y será perpetuamente la Católica, Apostólica y Romana, única verdadera. La nación la protege por leyes sabias y justas, y prohíbe el ejercicio de cualquier otra".
Y, así, en mayor o menor medida, ese espíritu está en las constituciones posteriores, respondiendo a una tradición secular en la que la unidad de España se había forjado en la unidad religiosa, después de ocho siglos de Reconquista (Polonia es otro caso similar). Hasta llegar a la Constitución de la II República de 9 de diciembre de 1931. Su art. 2 dispone: "El Estado español no tiene religión oficial". Pero, aparte de los hechos luctuosos e incendiarios, en leyes especiales, tales como la de congregaciones o religiosa, o Ley de Defensa de la República, el sectarismo convirtió en papel mojado aquella posición, que podía entenderse anticipadamente como aplicación de la doctrina de separación de poderes de Montesquieu, y que fue defendida por el propio Ortega y Gasset, y más adelante por José Antonio Primo de Rivera. Aquel -se decía de sí mismo- como "acatólico"; el segundo, como católico. Ortega, sin embargo, se opuso al "desmantelamiento" de la Iglesia católica en España y a la pérdida del derecho a enseñar. Incluso se marcó -en su discusión con Azaña- un plazo de diez años para que se pudiera ir, progresivamente, adaptándose aquella separación de Iglesia y Estado.
Posteriormente, en el Fuero de los Españoles se declaraba que el Estado se inspirará en sus normas en la doctrina católica. Hubo confusión por parte de los intelectuales franceses católicos, al entender que aquella "inspiración" fuese un "nacionalcatolicismo", como lo hubo en Francia antes de su Revolución. El Concilio Vaticano II da universalidad a la libertad religiosa, y pone en esto su énfasis. De aquí que la primera Ley de Libertad Religiosa, y en la Ley Villar de 1970, del anterior régimen, la enseñanza de la religión católica fuese optativa.
En el art. 16.3 de la Constitución de 1978 se establece que "ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones". Estamos, pues, en un Estado "aconfesional", que es -mientras no se cambie la Constitución- una forma anticipada de "laicidad positiva". Como encaja también en la Francia laica de Sarkozy. Que es radical contradicción con la que sostiene, personalmente, no legalmente, Zapatero, que por los hechos de París-Lourdes, que hemos glosado, aparece en Turquía, en el ramadán islámico. Llega a elogiar la influencia del Islam en España, cuyos regímenes islámicos son teocráticamente puros, o son democráticos, ni con la mínima separación de poderes (Mahoma se volvería a morir del susto). La Alianza de Civilizaciones es también oprimente para las mujeres. Y para la "igualdad" de que se presume con un ministerio. Laicidad positiva, aconfensionalidad del Estado, relación Iglesia-Estado son parte de las orientaciones que en la Francia laica y revolucionaria ha dado testimonio Benedicto XVI. Y acogida por parte del presidente francés, que ya la había preanunciado en su campaña electoral, y acaso fuese un revulsivo para su victoria electoral. Finalmente, a los 170 cardenales y obispos franceses reiteró los criterios de la Iglesia en defensa del matrimonio y de la familia, que "hoy está sometida a toda clase de borrascas". El cardenal Vingt Trois criticó la especulación masónica, apropiándose del término "laicidad", que para ellos debe de ser adjetivada, olvidando que la separación Iglesia-Estado, en la Francia revolucionaria, quería esconderse en la palabra "laicidad", una visión negativa o contraria a la Iglesia. Ahora, por ninguna de ambas instituciones, no ocurre así. Lo histórico es otra cosa.
JESÚS LÓPEZ MEDEL
Premio Nacional de Literatura
Publicado:
EL DÍA S/C de Tenerife
Domingo16 de noviembre de 2008

